Carta Antártida… Por Ignacio Bravo

Carta Antártida… Por Ignacio Bravo

 

Mi nombre es Nacho Bravo. Tengo 60 años. El próximo 9 de marzo de 2014 me convertiré orgullosamente en otro corredor mexicano que habrá corrido en cada uno de los siete continentes (América del Norte, América del Sur, Europa, Asia, Oceanía, África y Antártida, según la clasificación anglosajona), culminando con la edición 2014 de la Maratón de la Antártida, la cual exige un esfuerzo muy particular no comparable con ninguna otra maratón, incluyendo a las cinco maratones catalogadas como las Grandes de la Maratón Mundial. Muchos corredores estarán de acuerdo conmigo que la Maratón de la Antártida representa un componente esencial de un todo, el cual a lo largo de los años ha inspirado a correr incesantemente a muchos atletas de nuestro orbe. Sin embargo, ese todo, en mi caso, es la apasionante experiencia de correr, que va más allá de cualquier elemento que lo pudiera constituir.

Existe una pregunta lógica y valida que se desprendería de todo lo anterior y que, de hecho, genera gran curiosidad e interés. ¿Por qué correr la Maratón de la Antártida? Una respuesta común y aparentemente simple sería: “Porque puedo” o “Porque lo disfruto”. No obstante, después de años de reflexión, una respuesta genuina sería que cuando tenía 33 años determiné que empezaría a correr, pero con sentido, es decir, como propósito de vida, una convicción que cambiaría radicalmente la manera en la que correría y viviría la experiencia de correr en sí misma. Siempre he buscado el sentido de las cosas, y correr no sería la excepción. Afortunadamente, con la ayuda de algunos colegas, descubrí que correr me permitiría aplicar las experiencias y aprendizajes de vida. Por lo tanto, una respuesta breve a dicha pregunta sería: “Porque correr para mí es sinónimo de sentido y propósito”.

Cuando decidí correr con intención y propósito, acepté humildemente que correr se convertiría en uno de los más rigurosos maestros que tendría en la vida, un implacable mentor, que sería indispensable si deseaba convertirme en un mejor hombre para mí propio bien, el de mis seres amados, y de quienes me rodeaban. En esa época, yo ya había sentado las bases para formar una familia en mi adorado México, y una carrera profesional, que a lo largo de los años, también me transformaría en una mejor versión de mí mismo. Sin embargo, en el momento en el que determiné que correr sería parte de mi vida fue como aceptar un boleto para subirme a la montaña rusa más larga y apasionante jamás diseñada. ¿Por qué? Porque correr me brindaría momentos de dolor insoportable, felicidad, gozo, instantes de adrenalina combinados con preocupación y ansiedad, pero también de alivio, triunfo y éxtasis, siempre acompañados de amor, fe y lealtad, los cuales han sido vitales para crear lazos inquebrantables en el entorno donde me desenvuelvo.

Correr me enseñó a agradecer la salud de la cual gozo para ponerme en pie, y tener la fuerza física y mental necesarias para convertir un acto tan simple y espontáneo, y en ocasiones poco valorado, como es poner un pie en frente del otro a cierta velocidad para moverse cada vez más rápido, en una experiencia de vida y búsqueda a lo largo de veinticinco años. Siempre tuve la certeza de que mis sueños me llevarían a todos los continentes, que si trabajaba con esmero, podría disfrutar de las maravillas de este mundo, la naturaleza y, sobre todo, de la convivencia con otras personas, incluyendo a los míos. Afortunadamente, para mí y para muchos otros corredores estaba en lo correcto.

Correr me transformó. Me permitió alinear mi carrera profesional para literalmente caminar, trotar y correr alrededor del mundo en tenis, lo cual derivó en el título de mi libro, La Vuelta al Mundo en Tenis – El Poder de los Sueños. Correr en la Antártida significa para mí y probablemente para otros corredores, que la han corrido o lo harán, una oportunidad para viajar, y admirar esta región del mundo, pero, sobre todo, para agradecer a la vida, y honrar a todas las personas y corredores que han estado conmigo a lo largo de mi vida deportiva en cada una de las carreras, y que, a su vez, me han enseñado a ser humilde y lo suficientemente fuerte para no darme por vencido en la búsqueda de cada uno de mis sueños.

Correr en la Antártida representa una oportunidad para rendir homenaje a un elemento esencial de la Maratón, su esencia, es decir, a los 42.195 km, que componen la distancia de cualquier Maratón en cualquiera de sus modalidades. Completar esta distancia significa todo para los corredores de maratones. La distancia y el tiempo nos permiten experimentar física y mentalmente lo bueno de la vida y también sus repercusiones cuando se presentan imponderables, lo extremo de cada una de nuestras emociones, además de lidiar con nuestras debilidades y fortalezas para que al final del evento lograr tener una medalla alrededor de nuestro cuello después de muchas horas de sacrificio y devoción.

Correr ciertamente te enseña y exige ser determinado, persistente y humilde para superar una distancia tan demandante, la cual te gratifica con la oportunidad de terminar cada Maratón absolutamente transformado por todo aquello que se percibe y experimenta durante el trayecto. No existe mayor satisfacción, además de mi familia y carrera profesional, que haber tenido la bendición de poder sentir el calor seco y sofocante del desierto africano; la alegría de los neoyorquinos, su ciudad, que permanentemente es muestra de extremos en todos sentidos; el rigor y dolor humano todavía palpable de Berlín, incluso después de años de transformación económica y social, pero con renovadas esperanzas hacia un futuro mejor; el placer de vivir en una tierra en búsqueda de progreso, mi querido México; la religiosidad y misticismo de Asia reflejados en su gente, arquitectura y comida; la elegancia, tranquilidad y animosidad de los australianos; junto con todos los pensamientos y reflexiones de vida, sitios históricos, recuerdos y gastronomía considerados ahora como recuerdos y tesoros de mis pasos por las Maratones de Dallas, Chicago, San Francisco, Argentina, y otros lugares donde he participado y entrenado devotamente.

Gracias Dios por darme esa fortaleza para dar lo mejor de mí mismo. Gracias a este planeta azul de mis sueños, que me ha facilitado recorrerlo durante 25 años, y que me ha permitido correr más de 50,000 kms a paso firme y seguro. Gracias a mi amada familia y amigos cercanos por su constante apoyo y reconocimiento de mis logros. Gracias a todos los corredores del mundo por sus sueños, porras y apoyo, que sin ustedes no hubiéramos construido tantos lazos de amistad y hermandad a largo de nuestros trayectos y carreras.

Gracias a los 42,195 metros, que exige una maratón, y que se ha convertido en el personaje principal de esta historia. Mis pensamientos y reflexiones son dedicados como reconocimiento a esta maravillosa y demandante distancia.

Por Ignacio Bravo

Artículos relacionados:

Ignacio Bravo busca correr en la Antártica – Tercera parte

Ignacio Bravo busca correr en la Antártica – Segunda parte

Ignacio Bravo busca correr en la Antártica – Primera parte